FRESCOS EN BUCOVINA

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Mensaje por Mundo Gotico-Eymar24 el Miér Ene 02, 2013 11:15 pm

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FRESCOS EN BUCOVINA

Ponencia presentada por primera vez en ZILELE DRACULUI. Una jornada a propósito del centenario de la obra de Bram Stoker. Buenos Aires, 1998.

ii) De las iglesias y monasterios en Bucovina, recordemos la fundación de Putna en 1466, consagrado mausoleo de la dinastía de Stefan cel Mare y con la iglesia cubierta, por primera vez, de frescos interiores y exteriores. El monasterio de Arbore, erigido en 1503, conserva los frescos de su fachada oeste con temas del Génesis y martirios de santos. Humor, construido en 1530, fue pintado por Toma de Suceava, quien había estudiado en el taller de miniaturistas de esa ciudad que existía desde el siglo XV e imitaba los modelos proporcionados por los artistas del Monte Athos. En la iglesia de Moldovita, levantada entre 1532 y 1537, la toma de Constantinopla aparece representada sobre la fachada sur. Como en Arbore predominaba la gama de los verdes, en Voronet, construido por el voivoda Petru Rares, relucen las paredes exteriores de lapislázuli con escenas del Juicio Final en las cuales los turcos pueblan la gehenna o infierno. En Sucevita, por fin, el monasterio financiado por la familia Movila entre 1592 y 1596, vuelve el tema del Juicio Final en la fachada oriental, asociado con la "Escalera de las Virtudes" en la fachada norte. Todos los casos citados contienen alusiones fundamentales a las postrimerías y a la lucha final contra el Anticristo; claro que estos topoi han atravesado una metamorfosis estética que ha hecho de ellos un paradójico motivo para el goce de los sentidos.

LA ORFANDAD Y LA RISA
Ponencia presentada por primera vez en ZILELE DRACULUI. Una jornada a propósito del centenario de la obra de Bram Stoker. Buenos Aires, 1998.

Las formas del desasosiego religioso que acabamos de reseñar son ajenas a la obra de Stoker, a la par que mucho más centrales en la vida y en la cultura rumanas de cuanto pudieron ser las fuentes del Drácula historiográfica y ficcionalmente construido sobre las figuras de Vlad Thepes y de la condesa Bathory. Un estado de tensión espiritual, entonces, que parecería haberse convertido de religioso en metafísico en la creación intelectual y estética de la Rumania de hoy. Sirva de prueba de ello el libro tan extraño y bello de Mihail Popa, ¿Huérfanos de Dios?, "novela alucinada" o "épica de ficto-filosofía" que se publicó en Bucarest en 1996 (Popa). Ya el aforismo de Foster que habría sido el punto de partida de la novela -"Si Dios nos contara la historia del Universo, éste se transformaría en una ficción"- nos pone en camino de aceptar la asombrosa cronología que abre el relato:
"Este libro fue escrito a los 3179 años de la caída de Troya, 2549 años después de que Demócrito compuso la Pequeña Cosmología, a 2495 años de la muerte de Pitágoras, a los 2394 de la muerte de Sócrates, a los 2318 de la muerte de Alejandro el Grande, 2317 años después de la muerte de Demóstenes y Aristóteles, a los 1996 años del nacimiento de Jesús de Nazareth." (Popa, 1996: 1).
El personaje de la narración es el alma de un asesinado (¿acaso un nosferatu?) que realiza una metempsicosis inversa, es decir, que recorre el tiempo hacia atrás en sucesivas reencarnaciones hasta confundirse con el esclavo Zalmoxis en la comunidad pitagórica de Metaponto y descubrir el principio de un nuevo sistema presocrático. Este Zalmoxis no es otro sino el citado por Heródoto como divinidad garante de la inmortalidad entre los getas del Danubio. En el libro IV, Melpómene, de sus Historias, Heródoto decía:
"De cuanto he oído decir a los Griegos habitantes del Helesponto y del Ponto, ese Zalmoxis sería un hombre que habría sido esclavo en Samos, esclavo de Pitágoras hijo de Mnesarcos; luego, liberado, habría adquirido abundantes riquezas, y, enriquecido, habría regresado a su país. Como los Tracios vivían miserablemente y era más bien simples de espíritu, ese Zalmoxis, quien, por haber frecuentado a los Griegos y al hombre que, entre ellos, no era el menor en sabiduría -Pitágoras-, se había iniciado en la vida jónica y con mayor profundidad que la que se puede encontrar entre los Tracios, se hizo construir una sala de recepción donde él trataba como en una hostería a los principales de entre sus conciudadanos; en el curso de la conversación, les enseñaba que ni él ni sus comensales ni sus descendientes morirían jamás, sino que irían a un lugar donde sobrevivirían siempre y gozarían de una eterna felicidad. Al mismo tiempo, [...] se hacía construir una morada subterránea. Y cuando la morada fue terminada, él desapareció de en medio de los Tracios, descendió a la morada subterránea y allí vivió durante tres años. Los Tracios lo extrañaban y lo lloraban como muerto. El cuarto año, él se apareció ante sus ojos; y así se les hizo creíble cuanto Zalmoxis les había contado. [...] Que haya sido un hombre o bien un ser divino del país de los Getas, dejemos ese asunto." (Heródote, 1945: 95).
Ya en este recuerdo de Heródoto se percibe una apelación algo graciosa al topos de la impostura religiosa. Pero, volviendo al alma de nuestro asesinado, en su encarnación última y retrógrada, ella libera al anciano Cronos encadenado y vuelve a vivir en una ráfaga todo su futuro hasta sumergirse otra vez en el momento del asesinato. El principio del sistema reencontrado está claro: es la convergencia del tiempo y la eternidad en la infinitud y el valor existencial del instante. Aquí, el imaginativo Popa nos sugiere que quizás sólo riendo estaremos preparados para aceptar la verdad, no fáctica pero sí filosófica, de la narración novelesca. Y nosotros podemos regresar ya al motivo de nuestra jornada y pensar que probablemente este recorrido del reverso nos ha dotado de una clave nueva para leer el Drácula: la risa. Del folklore rumano salieron el nosferatu con toda su tragedia y también el Maestro Manole (obligado a emparedar a su esposa joven, bella y jovial, en cumplimiento de la promesa que permitió construir el monasterio de Arges), es verdad, pero las aventuras cómicas del torpe Pacala son el contrapunto de aquellos desgarramientos (ionescu, 1973: 195-202, 85-106). Más aún, la leyenda rumana del zmeu que enamoró a la madre cruel y filicida de Fat el Hermoso (pp. 63-75) se suma a los diablos de Jeronimus Bosch, de Vélez de Guevara y de Quevedo para enseñarnos que el horror resulta compañero habitual del ridículo. En la risa hay así un temple que no deberíamos descartar en nuestras aproximaciones al mundo del Drácula de Bram Stoker.




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Mensaje por Rosko el Miér Ene 02, 2013 11:45 pm

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